Noto la ausencia como el primer día.
Guardo cada una de ellas en este nido al que también llamo corazón.
Ausencias, incluso, de personas que no son.
Echar de menos es la penitencia que me impusieron.
Querer ser también es extrañar.
No abarco este sentimiento. Desborda en mis manos y yo observo impasible.
Imagino el futuro creando en cada hueco que habéis dejado un reencuentro.
Me arden las manos, lloro ríos y tengo un huracán entre los labios.
Siempre quise ser el acantilado desde donde pienso suicidarme.
La fuerza de las olas sabiéndose muertas al chocar contra las rocas. Estas, estoicas, ante el dolor que puedan provocarles. La altura que pronostica una caída sin salvación, el mar haciendo horizonte porque nunca nada tiene fin. El olor que te hace presente, el ruido que llena tu silencio.
Y, mientras tanto, me debato entre que exista ese rayito de luz que nos calienta el corazón en un día de invierno o la tormenta que tengo dentro haciéndose tangible con esa lluvia que limpia todo lo que hemos contaminado.
Que mi propia ausencia no sea castigo sino liberación.
Si deben recordarme, que sea con estos ojos tristes y la sonrisa de amor que nunca me dediqué.
No sé cuál de todas las que fui echaréis de menos. Yo, siempre extrañaré la que me quedó por ser, la que pudo llegar a ser feliz.
Guardo en estas manos todo lo que me hizo sentir viva.
Protejo los recuerdos porque son la demostración de que he reído sincera en el pasado.
¿Me sigues leyendo aunque no te escriba?
Siempre habrá un último mensaje que nunca te envié.
Tengo todas mis palabras agolpadas en la garganta, expectantes de que vuelvas junto a mí.
Esta ausencia no es solo tuya. También he dejado de ser sin ti.
No hay un nombre propio.
Creé un nido con todos los "le echo de menos".
Ahora, en este árbol, es el más bonito de todos.
Si vuelvo a vivir cualquier otra vida, os esperaré en ella.
A pesar del dolor.
A pesar de la ausencia.
A pesar de mí.
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