Dicen que, cuando una mujer se enamora, su pelo tiende a ondularse.
Quizá por eso, desde pequeña, soñé con tener el pelo rizado.
Puede que no tenga relación, pero qué bonito era mi pelo cuando estábamos juntos.
Ahora es un nido de ausencias y cada una de ellas lo enreda aún más.
¿Será el pelo la conexión física con lo emocional?
En lo personal, siempre he necesitado expresar mis sentimientos a través de él.
Mi corte, el color o el peinado siempre será el reflejo de cómo me quiero.
Querer. Querer(se).
Qué difícil me parece ahora.
Tal vez por eso llevo meses sin atreverme a hacer un cambio.
Yo, que he sido la práctica de mi peluquera desde adolescente.
Nunca he sabido quererme y, por ende, nunca he podido elegir entre un color o una forma.
Ahora tampoco sé si soy capaz de querer (bien).
¿Cómo se quiere cuando te han hecho daño?
Desconfías.
Como cuando sabes que no solo te van a cortar las puntas, pero estás ahí, sentada. Resignada a lo que sabes que pasará, pero suplicas, mentalmente, que no.
Tienes miedo.
Como cuando decides hacer un cambio y no estás segura de cómo será el resultado.
Continúas.
Porque siempre tienes la esperanza de que esta vez sí, entenderá qué es lo que necesitas.
Yo, que no sé querer de otra manera que no sea con todo.
Que, capitana del barco, siempre me hundiré con él.
Ahora surco, con mi pelo al viento, esperando que, si no lo veo, pueda salir bien.
Porque decidí parar.
Dejar descansar el pelo como también lo necesitaba mi amor.
Y ahora que navego, consciente del error, me tiemblan las manos para sujetarme los mechones que se me escapan.
Elegir(te) a sabiendas de que en esto no hay vuelta atrás.
Creo en las segundas oportunidades y el destino.
Creo que todos podemos cambiar.
Creo en las personas.
Creo en ti.
Porque no hacerlo sería negarme y yo necesito ser.
Porque mira qué bonito tengo el pelo, cuando tú me miras.