De adolescente, creé un blog llamado "La chica de ojos marrones", donde decía lo que no era capaz de expresar. Con los años, cerré el blog y comencé a escribir solo para mí, solo cuando el dolor me abrumaba, cuando las ausencias llenaban de vacío. Y ahora estoy aquí, de nuevo, mostrando todo lo que soy, escribiéndote a ti sabiendo que nunca lo leerás.
Tengo la certeza de que conocerte fue lo mejor que me pasó en la vida. Enamorarse desde el cuidado, el entendimiento, la empatía. Viví lo que nunca tuve y me sentí en éxtasis.
Si tuviese que definir el amor, sería la capacidad para llenar cualquier hueco vacío o roto dentro de nosotros.
Creo que me cuesta hablarte a ti y no generalizar porque ojalá todas las personas pudiesen pasar por lo que nosotros tuvimos. Creo, con fe ciega, que no va a existir nunca un amor tan bonito. Construir una relación que sea hogar, donde no te dé miedo desnudarte (metafóricamente hablando), es de las sensaciones más bonitas que existen.
Me quitaste todos y cada uno de mis miedos, los guardaste donde no podía encontrarlos. Me dejaste libre, capaz de volar. Me ayudaste a sanar todo lo que otras personas habían destrozado. Creaste la sonrisa más bonita que jamás voy a tener.
Fuimos perfectos, juntos. Y nadie podía dudar de eso.
Quererte fue fácil, como si lo hubiese hecho toda la vida. Como si la leyenda del hilo rojo fuese cierta y tú y yo no tuviésemos escapatoria. Éramos para nosotros y era irrompible.
Pero siempre, todo lo que tiene un principio, acaba teniendo un final. Un trabajo, una amistad, una lectura, una vida. Y tú y yo no nos merecíamos terminar. Mucho menos aquel final.
Recordarte siempre es bonito porque todos los recuerdos que tengo me siguen llenando el corazón. Porque fuiste la persona indicada en el momento indicado. Si mi vida fuese una película, siempre empezaría un mes antes de ti. Y como mis favoritas son las que tienen finales tristes, la vida me obsequió con ello.
Creo que nunca he sido tan madura y niña a la vez como aquella noche. Yo... no sé qué pasó.
Recuerdo la sensación de caer al vacío, incluso la velocidad con la que mi cuerpo lo hacía.
"No siento lo mismo que al principio." Y ahí supe que no había retorno. Que tú habías hecho un camino de ida sin mí y que cuando paré, yo ya estaba al borde de un precipicio.
"Nunca seré suficiente." Creo que me repetí esas palabras durante meses. Aquella noche lloramos los dos, pero con mucha más distancia de la física.
Ojalá hubieses podido darme los motivos por los que te ibas. Nunca te hubiese odiado, fuesen los que fuesen. Quedarme con que era perfecta, pero que no podías, me ha atormentado durante mucho tiempo. No saber dónde estuvo el error. No haberme dado cuenta antes. Quedarte con un mar de dudas solo hace que te sientas el fallo. Que es por ti.
Me ha costado muchísimas lágrimas superarnos. No tengo dudas de que, sin dos personas en concreto, esto hubiese sido mucho más difícil. Les debo todas mis sonrisas reconstruidas.
Tú también me lo has puesto fácil. Hablar después de tanto tiempo y verte tan diferente ha hecho que me distancie de lo que fuimos. Yo casi no soy la misma, pero tú eres totalmente contrario.
Jamás voy a poder odiarte, pero también sé que jamás podré volver a quererte. 959 kilómetros físicos y emocionales.
Rompiste aquello que te pertenecía y, aun así, también te lo quedaste. La gente no entiende cuando les digo que he perdido la capacidad de enamorarme. Pero supongo que no saben que mi corazón roto te lo quedaste tú. Y no porque siga enamorada, sino porque era tuyo antes de nosotros, aunque yo no lo sabía. Después, no tenía ninguna duda.
Tengo una ausencia emocional. Noto tangible el hueco del amor. Jamás volveré a enamorarme porque todo quedó en ti.
Ojalá, a pesar de todo el dolor, las personas puedan enamorarse con nuestra intensidad. Porque fuimos la realidad más bonita que el amor pudo tener y, por ello, el dolor se lo arrebató.
No hay comentarios:
Publicar un comentario