domingo, 13 de abril de 2025

las agresiones no son siempre violentas

Hace diez años que me violaron.

He estado intentando encontrar la mejor manera de empezar este post, pero la verdad es que no la encuentro.

Hablar sobre esto para mí no supone dolor, pero sí me genera pánico de ser juzgada. Porque con perspectiva y no siendo la víctima encuentras mil y una maneras de haber salido de ahí, pero aquella noche yo no supe gestionar esa situación.

Soy una persona que la mayor parte de sus relaciones sociales son a través de internet. Quizá mi inseguridad desempeña un papel importante en este aspecto de mi vida, pero siempre ha sido más sencillo para mí conocer a personas a través de foros, juegos o streams que en persona.

Con veintiún años frecuentaba un chat de mi ciudad donde conocí a personas bastante simpáticas y fue donde conocí a mi violador. Le recuerdo como un chico interesante, inteligente, gracioso y atrayente. Yo, sentimentalmente, no había tenido grandes experiencias y me ilusionaba con facilidad.

Empezamos a hablar sobre la posibilidad de vernos. Y un par de días después, una noche, me preguntó si me apetecía ver una película en su casa. Respondí que si decidía ir no pasaría nada entre nosotros. Él aceptó y una amiga con la que estaba en ese momento me incentivó a que fuese, que ella me llevaba hasta allí.

La distancia entre su casa y la mía es de unos 12 kilómetros. Llegué de madrugada, quizá las 2. Al principio todo parecía normal, un chico majo con un perrito encantador en una zona que conocía.

Comenzamos a hablar, la verdad que no recuerdo cuánto tiempo pasamos tranquilos, riendo y sin la sensación de que había algún peligro.

Creo que estaba tan nerviosa que la primera —llamadas ahora— red flag no la quise ver. Una de sus condiciones era que si nos besábamos acabaríamos follando. Obviamente, yo no le besé. Y obviamente, él no paró de intentarlo.

Al final cedí ante el beso, pero le dije que no iría a más, y él poco a poco intentaba llevar la situación a donde quería. Era bastante insistente y yo seguía negándome en voz alta.

Hasta que se cansó. En ese momento decidió seguir otra táctica y dejó de dirigirme la palabra. No me miraba, no me hablaba. Era como si no existiese en ese momento ni en ese lugar. Ahí comenzó a apoderarse la ansiedad de mí. No podía volver a casa andando, no podía llamar a nadie a esas horas ni tenía dinero para poder coger un taxi.

Me fui al balcón y comencé a llorar porque no sabía qué hacer. Él no movió ni un músculo. Creo que pasé 20 minutos o media hora así. La verdad es que para mí toda esa noche pasó en 10 minutos y todas las situaciones están agolpadas.

Decidí sentarme en el sofá y ceder un poco. Volvimos a besarnos y volví a decirle que no quería mantener relaciones sexuales. No le importó. "Solo un poco", fue su respuesta. Intenté apartar su cuerpo del mío con la mano, pero no podía. No recuerdo cuánto tiempo pasó. Mi único recuerdo en ese momento es mirar al techo y repetir constantemente "no".

Dije la palabra "no" tantas veces como podía. Le dije en muchas ocasiones que no quería acostarme con él. Intenté separar nuestros cuerpos. Pero aun así cedí. No opuse una resistencia fuerte. Cedí porque me encontré sola en una situación que no sabía gestionar.

Cuando terminó, sobre mí, me metí en la ducha para deshacerme de todo rastro y se volvió la persona más cariñosa de este puto planeta. Me ofreció dormir allí y me abrazó durante la noche.

Sobre las 6 a. m. me despertó bruscamente diciendo que tenía que irme porque su madre llegaría pronto. Me arrastró de las piernas en la cama y volvió a violarme. Yo ni siquiera hablé, no sabía qué estaba pasando porque ni siquiera me había despertado del todo. No abrí los ojos.

Después de eso me acompañó a la puerta y me dio un azote en el culo para invitarme a salir de la casa. No volví a saber nada más de él.

Yo me quedé con una sensación extraña. No quería que eso hubiese pasado. Me avergonzaba. Me culpaba. No conté nunca lo que había pasado esa noche.

Años después, y con el feminismo ya en mi vida, recuerdo leer un tweet de Lara Losada en el que se hablaba sobre las violaciones por algo que había ocurrido en ese momento en el país. No recuerdo cuál fue su frase exacta, pero era algo así: "Aunque haya consentimiento, si no hay deseo, es violación". No toméis esta frase con exactitud porque han pasado probablemente ocho años desde que la leí y no la recuerdo con exactitud, pero fue la clave para entender qué me había pasado.

Yo no quise, no deseaba eso, pero cedí. Cedí ante la presión, ante el miedo, ante la vergüenza. Cedí, y no fue sexo. Tampoco fue violento o traumático. Pero fue una violación.

Desde entonces, es algo que he contado a pocas personas de mi entorno y probablemente jamás lo haya contado con tanto detalle. Suele ser algo que omito en mi vida, pero que tampoco escondo. Me ocurrió, como le ocurre a muchas mujeres en esta sociedad, y la culpa no es nuestra.

Si cuento esto hoy es porque, igual que Lara me ayudó a entender qué me ocurría, espero que si alguien pasa por lo mismo pueda verse reflejada en mí y no sienta todas esas cosas malas de sí misma.

Y si alguien se pregunta por qué no denuncié, la respuesta es simple: yo no sabía que eso era una violación. Porque nos hacen ver que las violaciones son violentas, con agresividad y de desconocidos. Pero hay violaciones silenciosas, de personas que supuestamente nos quieren y que no dejan marcas físicas.

Gracias por leerme un día más. Os abrazo a todas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario